Amaro Pargo, un corsario en Canarias

Juan de Buen, Santa Cruz de Tenerife 26/jun/17

La idiosincrasia española a menudo se olvida de determinados personajes históricos, algunos de ellos trascendentales o altamente interesantes.

Amaro Pargo, un corsario en Canarias
Amaro Pargo Corsario de las Islas Canarias

La idiosincrasia española a menudo se olvida de determinados personajes históricos, algunos de ellos trascendentales o altamente interesantes. Una de estas figuras escondidas en el cajón de sastre del subconsciente popular es Amaro Pargo, corsario, prestador y hombre de comercio que nació el 3 de mayo de 1678 en la localidad de San Cristóbal de la Laguna; municipio perteneciente a la provincia de Santa Cruz de Tenerife. El punto final a su espectacular trayectoria como personalidad relacionada con el mar la encontramos el 14 de octubre de 1747 en la misma localidad. Un punto geográfico clave en su experiencia vital que constantemente toma contacto con el poliédrico personaje. El contexto en el que creció propició que se encandilase de una actividad que en aquellos momentos estaba en auge: la piratería y el corsarismo.

Para iniciar una primera aproximación a la figura tratada hay que hablar del contexto histórico y definir una serie de términos que ayudan a contextualizar su escenario adyacente. Amaro Pargo fue un hombre de mar que coincidió con la Edad Dorada de la piratería, una etapa histórica que engloba aproximadamente desde el año 1620 hasta el 1795. Existen varias visiones historiográficas a la hora de delimitar con exactitud la duración de este periodo, pero sí encontramos consenso cuando se trata de explicitar unas características comunes. El inicio de esta etapa coincide con la aparición de los conflictos ideológicos y doctrinales en el contexto europeo, la fuerza de las colonias aumentaba y el tráfico de recursos era constante. Aquí encontramos un término clave que ayuda a entender el ecosistema de la piratería: las administraciones del momento cedieron un gran número de patentes de corso, un documento otorgado por los mandatarios de los diferentes estados por el que un corsario obtenía potestad para atacar legalmente barcos o fragatas enemigas; configurando una relación de doble beneficio ya que el estado también recibía parte de este botín y de la riqueza cosechada por sus subcontratados.

El puerto de Santa Cruz de Tenerife y su clave función comercial propició que el Conde de Floridablanca, José Moñino y Redondo, incentivara la creación de una fragata que frenara las incursiones de los piratas y corsarios ingleses. Uno de los elegidos fue Amaro Pargo, quien muy probablemente ostentó una patente de corso en su haber. Uno de los elementos que lo destacaban por encima de sus compatriotas era su dominio de las maniobras navales, desde edad temprana ya explicitó su potencial, lo que le ayudó a escalar jerárquicamente dentro de los entornos marineros. Su primer viaje lo realizó en 1701, con 23 años. Pargo aconsejó a su capitán que simulase una rendición para sorprender a sus enemigos, aprovechando la confusión inherente, saltó a la fragata adyacente y taponó los cañones rivales, dejándolos inutilizables. Gracias a este triunfo consiguió su primer barco. En su carrera por las Indias Occidentales y gracias a su dominio de la ruta entre Cádiz y el mar del Caribe atacó reiteradamente a los enemigos de la corona española.

Los primeros contactos del corsario canario con los territorios de ultramar los encontramos entre 1703 y 1705, cuando él mismo capitaneaba la fragata del Ave María y las Ánimas; con ella se desplazó desde el puerto de Santa Cruz de Tenerife hasta la Habana, actual capital de la República de Cuba. El corsario disponía de una destilería en el municipio canario de Tegueste y se encargaba de comerciar con este bien, transportándolo hacia los diversos puertos de ultramar. Se calcula que podría disponer de unas 800 propiedades de tierra de secano, repartidas por varias zonas de la Laguna y su área limítrofe. También encontramos sombras dentro de su biografía. Adaptaba las bodegas de sus barcos para transportar a cautivos y comerciar con ellos; estos hombres eran destinados principalmente al cultivo de las plantaciones existentes en las colonias americanas o para tratar las plantaciones azucareras de las Islas Canarias. Sin embargo, tal y como apuntan algunos historiadores, exigía a los benefactores de estos hombres un trato humano que compensara la epopeya vivida hasta el destinatario final.

El nombre de “Pargo” era un seudónimo, ya que él se llamaba realmente Amaro Rodríguez-Felipe y Tejera Machado; el apodo hacía referencia a un pez, el archiconocido besugo. De esta manera se creaba una alegoría de sus capacidades sobre el mar y se representaban sus anhelos de libertad inherentes. Amaro Pargo recibió diversos reconocimientos: el 25 de enero de 1725, fue declarado como Caballero hijodalgo, el 9 de enero de 1727, recibió la real certificación de Nobleza y Armas, creando su escudo propio. También recibió la institución de Señor de Soga y Cuchillo, buena muestra de la repercusión que el personaje ostentó en vida.

Amaro Pargo también realizó varias obras de caridad y construyó diversas edificaciones para su ciudad natal, siendo las que más estructuras destinadas a la vida pública. El corsario también mantuvo una relación muy estrecha con una mujer entregada a los hábitos conocida como María de Jesús, apodada ‘La Siervita’, enterrada en 1731 en La Laguna. El hombre de mar le profesaba una gran admiración y su desaparición le provocó un fuerte impacto vital. De hecho, se afirma que constantemente hacía referencia a la mujer para que le concediera fuerza y energía antes de iniciar cualquier actividad relacionada con el contexto marítimo.

Los corsarios y piratas disponían de un estilo de vida muy duro que constantemente les obligaba a encontrar distracciones y elementos que los aislasen de su contexto desfavorable. Era normal pues, que en las cubiertas de los barcos se realizaran actividades de ocio, como los pasatiempos de naipes. Juegos como el blackjack se han practicado desde hace más de seis siglos, y el modelo que se aplica actualmente nos evoca al que realizaban los hombres de mar del siglo XVIII. Tras vivir muchas aventuras en el mar, Amaro llegó incluso a coincidir con el mítico pirata Barbanegra, con quien tenía una relación de respeto mutuo. Era un personaje altamente respetado, una figura representativa de una etapa dorada para el contexto español. Un hombre que mostró siempre una actitud reverencial por su ciudad y que ayudó a su población en todo lo que le fuese posible. En cuanto a las propiedades, el corsario dispuso de una cincuentena de casas, aproximadamente. Amaro Pargo se encuentra enterrado en la villa de Santo Domingo en La Laguna. Su efigie muestra su escudo de armas y una calavera con dos tibias entrecruzadas.

En 2013 sus restos fueron exhumados, y gracias a las actividades realizadas por un equipo forense se pudieron conocer diversas características que guardan relación con su fisonomía. Se calcula que tenía una altura de 1,66 metros y que durante su vida fue apuñalado, lo cual afectó a su zona lateral y fracturó una de sus costillas. Su alimentación se basaba principalmente en productos marítimos, entre la que destacan las diversas variedades de pescado. Existe una leyenda que lo acompañará por siempre: a lo largo de los siglos se han vivido varios saqueos en su casa de Machado, y sólo se ha podido recuperar una parte de su tesoro. Un botín que estaba conformado por plata, joyas de oro y piedras preciosas de gran valor, un tesoro que él mismo siempre guardaba en su camarote. Este cofre quedó catalogado en un libro envuelto con la letra D, un escrito que actualmente se encuentra desaparecido: un botín valorado en una altísima fortuna que aún no se ha encontrado.

Fuente: El Día España