Fuego y furia: dentro de la Casa Blanca de Trump, el cuestionado libro de Michael Wolff

por Wolfgang Gil Lugo 29/01/2018

Homero: “Yo soy ese otro. No necesitamos a un genio, sino alguien que actúe, que se lance sin medir las consecuencias”
(Los Simpsons, Homero detective, 1994, 5:11).

Fuego y furia: dentro de la Casa Blanca de Trump, el cuestionado libro de Michael Wolff
Fotografía de Andrew Caballero-Reynolds / AFP

Homero: “Yo soy ese otro. No necesitamos a un genio, sino alguien que actúe, que se lance sin medir las consecuencias”
(Los Simpsons, Homero detective, 1994, 5:11).

“Hace tiempo que no leía algo tan triste y deprimente como la colección de chismes, revelaciones, intrigas, enconos, vilezas y estupideces que ha reunido en su libro, luego de recibir los testimonios de unas trescientas personas vinculadas al nuevo régimen estadounidense, el periodista Michael Wolff”. Fueron las palabras de Mario Vargas Llosa tras la reciente aparición de Fire and Fury: inside the Trump White House (Henry Holt Ed. Nueva York, 2018) Fuego y furia: dentro de la Casa Blanca de Trump, un libro al que se le ha criticado su blando rigor al no intentar evaluar la veracidad de las afirmaciones obtenidas de numerosos protagonistas, así como la opacidad de muchas de su fuentes, al obtener acceso casi ilimitado a las alas más herméticas de la Casa Blanca.

Pero qué dice el libro

Wolff hace patente el hecho de que algunos de los ricos colegas del círculo social de Trump tenían constancia de su ignorancia. Aunque muchos de sus conocidos sabían de sus graves deficiencias, otros creyeron que era un buen candidato presidencial debido a su personalidad arrolladora. Encontraron en él algo instintivo, la fuerza de una personalidad magnética típica del charlatán que es capaz de venderte la luna.

Wolff levanta un catálogo de las supuestas deficiencias mentales del presidente Trump. Tiene dificultad con las siguientes actividades cognitivas: comprender la lectura, procesar nueva información, prestar atención a cualquier cosa por más de un segundo, en resumen, tiene carencias en las capacidades propias de un adulto mentalmente bien desarrollado.

“Algunos lo consideran disléxico; ciertamente su comprensión es limitada. Otros concluyeron que no lee porque simplemente no tiene que hacerlo, y que, de hecho, este era uno de sus atributos clave como populista. Es un posliterato: televisión total. Pero no solo no lee, tampoco escucha. Prefiere ser la persona que habla.” (p. 121, versión digital).

Otro punto destacado es que Trump hizo campaña alardeando de su habilidad para negociar, pero la realidad es que Trump, el negociante, no podía leer ni una hoja de balance. Por otra parte, destaca su desprecio a los detalles, lo contradice las virtudes del negociador. Para entender hasta donde llega esto, Wolff (p. 32) recomienda ir a las páginas de su propio manual, El arte de la negociación (The Art of the Deal, 1987), el cual, al parecer, “él no escribió”. Según el coautor, Tony Schwartz, Trump no contribuyó demasiado, ni cree que se lo haya leído al completo.

Los detalles del libro de Wolff han reavivado las especulaciones de que el presidente podría estar sufriendo deterioro cognitivo o las primeras etapas de la demencia. También su comportamiento desequilibrado podría ser el resultado de un carácter terco e inseguro que actúa bajo las presiones de un cargo para el cual no tiene calificaciones. Aunque uno trate de especular otros diagnósticos, todos los caminos conducen a la misma conclusión: no está preparado para tan alta responsabilidad.

La locura de Trump

Especialmente el último capítulo de Fire and Fury ha vuelto a avivar el debate, recurrente por cierto, sobre la salud mental del presidente estadounidense.

“Las divagaciones de Trump y sus repeticiones alarmantes (la misma frase dicha igual minutos después) se han incrementado significativamente, y su capacidad de mantenerse concentrado, que nunca fue grande, ha disminuido notablemente.” (p. 306).

Cuando apareció en los diarios, como un adelanto a la distribución del libro, este párrafo desquició al propio presidente estadounidense. Sus reacciones contribuyeron más a confirmar su inestabilidad que a negarla. En primer lugar, los abogados del presidente trataron infructuosamente de detener su venta.

En segundo lugar, cuando Trump comprobó el éxito de ventas del libro, no pudo contener su locuacidad a través de Twitter. Trump defendió su salud mental de una forma muy poco cuerda. Hizo alarde de argumentos ególatras: “no sólo soy inteligente, sino un genio, un genio muy estable”. Encontró la justificación de esta afirmación en el “haber sido un muy exitoso hombre de negocios y una estrella de televisión”. Remató sosteniendo que todo lo ha conseguido gracias “a mi estabilidad mental y talento”. Y agregó como razón complementaria: “porque fui a las mejores universidades, he ganado millones y millones de dólares y he tenido un éxito tremendo”.

Un fenómeno sincrónico ha tenido lugar: mientras Trump trataba de evitar la distribución del libro de Wolff, se estrenaba la película de Steven Spielberg, The Post, la cual retrata el fallido intento del gobierno de Nixon de bloquear la publicación de los Archivos del Pentágono por parte del Washington Post. En última instancia, ese episodio se convirtió en un preludio del escándalo de Watergate y de la caída de Richard Nixon.

La guerra nuclear de Trump

El presidente permanece, en gran medida, ciego ante las consecuencias de sus acciones debido a su desprecio por los hechos y por enfocarse en sus sentimientos de antipatía por sus adversarios.

Donde esta precipitación llega al paroxismo es en la amenaza que profirió de Trump de enfrentar las provocaciones de Corea del Norte, con “fuego y furia que el mundo nunca ha visto”. De esta frase apocalíptica el libro de Wolff toma su título. Fue una declaración improvisada, durante una conferencia de prensa en agosto, que se suponía debió enfocarse en el tráfico drogas. Dicha declaración, según Wolff, surge tanto de la ignorancia política de Trump como del antagonismo personal con Kim Jong-un:

“Corea del Norte había sido un problema pesado-en-detalles breves, corto-de-soluciones que él creía que era producto de mentes inferiores y voluntades débiles, al que le costaba prestar atención. Además, él había personalizado cada vez más su antagonismo con el líder norcoreano Kim Jong-un, refiriéndose a este a menudo con epítetos despectivos.” (P. 289).

La declaración aterrorizó a los expertos de Corea del Norte, quienes estaban preocupados por la posibilidad de que Trump provocase una guerra nuclear. También según Wolff aterrorizó a su personal. Sus allegados se pasaron la semana siguiente intentando hacer que el presidente dejase de hablar de ello. Incluso aprovecharon la manifestación nacionalista blanca en Charlottesville, que se celebró varios días después de la declaración de “fuego y furia”, como un afortunada oportunidad para desviar la atención del tema coreano.

“Charlottesville fue una mera distracción, y de hecho, el objetivo del personal era mantenerlo alejado de Corea del Norte”. (p. 291)

Todo esto sirve como un aporte a la conclusión definitiva, y tal vez más aterradora, de Wolff: el presidente es psicológicamente incapaz de comprender las consecuencias de sus acciones. Cuando Trump hace algo, como despedir al jefe del FBI, James Comey, o bombardear Siria o amenazar a Corea del Norte, lo hace sin ningún sentido de cómo afecta la complejidad humana.

“Una de las deficiencias de Trump -una constante en la campaña y, hasta ahora, en la presidencia- fue su comprensión incierta del proceso de causa y efecto” (p. 233).

La parte más básica de la racionalidad, en la forma en que lo definen los psicólogos, es la capacidad de vincular los medios y los fines. Una persona racional identifica los objetivos que desea perseguir, selecciona los cursos de acción que cree que podrían promover dichos objetivos y luego los persigue. Aristóteles agregaría que el fin perseguido debe ser intrínsecamente bueno.

¿Qué tan confiable es ese libro?

No se puede negar que resulta demoledor este retrato de la presidencia de Trump, especialmente por su carácter palaciego. Fue construido a partir de fuentes internas, varias con nombres, apellidos y cargos.

De la lectura superficial se puede comprobar que el libro es un compendio de chismes. Se ha discutido mucho sobre la veracidad de sus fuentes. Una buena cantidad de esos testimonios parece ser confiable. A pesar de que Trump afirma que le negó a Wolff el acceso a la Casa Blanca, muchos reporteros de palacio confirman que lo vieron ir y venir el año pasado. Además, muchos de los entrevistados no se han retractado. Otra parte es de origen dudoso, del mismo modo que refiere informaciones imposibles de comprobar.

Wolff reconoce que el periodismo de investigación tradicional no es su fuerte. El periodismo de investigación devela información que se trata de mantener en secreto, también supone que es novedosa dicha revelación y está fundada en evidencias sólidas. Realmente aquí no hay secretos develados, tampoco sorpresas noticiosas, y muchas fuentes no están suficientemente documentadas.

A favor de Wolff, se  podría especular que su metodología no es positivista, sino más bien cualitativa del tipo etnográfico. La etnografía es un método de investigación que consiste en observar las prácticas culturales de los grupos sociales y poder participar en ellos para así poder contrastar lo que la gente dice y lo que hace. El talento de Wolff consiste en absorber la atmósfera social, a través de pescar las comidillas que se dan en los pasillos de la Casa Blanca y husmear en  los basureros. Así, el autor tiene la oportunidad de registrar muchos comentarios indiscretos. El producto final es un retrato que está más cerca de una pintura expresionista que de una radiografía.

Puede que sea fidedigna la recopilación de testimonios, pero carece de la comprobación de la verdad de ellos. De todas formas, si en el libro de Wolff, una décima parte de las historias llegaran a ser ciertas, entonces estaríamos no solo ante un presidente que deja mucho que desear sino que puede ser peligroso en sus funciones. El valor del libro de Wolff no reside en que nos dice algo nuevo, sino que nos confirma lo que todos tememos, reforzándolo con testimonios de personalidades del entorno presidencial.

A título de moraleja

Cuando leemos a Fire and Fury, tomamos conciencia de lo peligroso que resulta dejarse hipnotizar por los cantos de sirena de los demagogos. El caso de Trump es típico de los populistas que saben aprovechar la oportunidad histórica del desgaste del sistema bipartidista. Una oportunidad para las siniestras prédicas de los líderes carismáticos. Traen la valija repleta con soluciones simples a problemas complejos. Condenan al statu quo, se identifican con el hombre común, especialmente con sus temores y prejuicios, y estimulan el odio.

Según Aristóteles, la más importante virtud intelectual con respecto a la acción es la prudencia (Φρόνησις, phronēsis). Con la prudencia comprendemos lo que es importante para el ser humano en tanto tal. El concepto que Aristóteles tiene de esa virtud no coincide con el uso que nosotros le damos en el lenguaje coloquial: moderación, es decir, un rasgo psicológico. No es eso en lo que está pensando Aristóteles, sino en la capacidad cognoscitiva que nos permite evaluar adecuadamente la situación con respecto a nuestra supervivencia, pero, sobre todo, respecto de nuestra realización plena desde el punto de vista moral. La prudencia debe ser distintiva del hombre sabio, pero también es la forma de pensamiento que debe tener el hombre de Estado.

El Estadista debe tener claro el mapa donde está ubicado desde el punto de vista político y saber qué es lo mejor para la sociedad. Por tanto, debe saber cuáles son las consecuencias de sus decisiones.

El gran desafío es saber distinguir a los políticos que poseen la prudencia así como educar en la prudencia a las poblaciones. La prudencia no es tanto un problema de los dirigentes como de formación moral democrática.

Fuente: http://prodavinci.com/