Bamako, estación central de migrantes

Texto: Clara Roig i Toni Arnau Fotos: Toni Arnau | Ruido Photo

En Mali confluyen las principales rutas migratorias que vienen de los países del África Occidental. La nación saheliana, una suerte de primera etapa de un largo y arriesgado camino hacia Europa, es también el lugar donde miles de personas pierden su condición de viajeros y empiezan a ser considerados extranjeros.

Bamako, estación central de migrantes

Migrantes. En Malí es donde empiezan los abusos y maltratos. En los numerosos controles de carretera, la policía maliense obliga a pagar entre 20 y 50 euros para poder seguir con la esperanza de llegar a Europa. Muchos de ellos se quedan sin dinero, atrapados en ciudades como Bamako o Gao, en el nordeste del país. Algunos pasan semanas, meses y hasta años trabajando y viviendo en los alrededores de la estación de autobuses esperando conseguir el dinero suficiente para poder continuar el viaje hacia Europa o retornar a su país de origen. En 2016, Malí, Níger, Nigeria, Senegal y Etiopía firmaron un convenio con la Unión Europea en el que se comprometían a frenar el flujo migratorio y facilitar el retorno de sus ciudadanos a cambio de ayudas e inversiones en áreas como el comercio o la educación. Esta es la historia de los que se quedaron atrapados en el camino.

Sogoniko, la principal estación de autobuses de Bamako, tiene una superficie de cuatro kilómetros cuadrados. Además de ser un punto de salida hacia Níger, la siguiente etapa del camino hacia Europa, Sogoniko se ha convertido en una ciudad refugio en la que conviven centenares de migrantes de diferentes países de África Occidental como Sierra Leona, Camerún, Guinea, Gambia o Senegal.

 

Entre los miembros de la Comunidad Económica de los Estados de África Occidental (Ecowas en sus siglas en inglés) se permite la libre circulación de personas. De esta manera, la mayoría de migrantes que van hacia Europa viajan en autobuses de línea hasta llegar a Agadez, Níger, donde empieza la travesía por el desierto del Sáhara.

Simo salió hace dos años de su país natal, Gambia, para llegar a Europa. No lo consiguió. En Malí se quedó sin dinero. Desde entonces vive en la estación de autobuses de Sogoniko porque no consigue ahorrar el dinero necesario para continuar su viaje. Volver a casa no es una opción, pues significaría fracasar en el sueño de toda su familia.

En las estaciones de autobuses como Sogoniko, los migrantes se juntan en pequeños grupos según su nacionalidad para ayudarse mutuamente a buscar comida, trabajo y dinero. Gran parte del dinero que consiguen lo destinan a comprar hachís o marihuana para evadirse y tolerar las horas que pasan sentados sin hacer nada.

Mamadi, de 29 años y originario de Gambia, llevaba un mes viviendo en la estación. Su estancia en Sogoniko depende de que su familia le envíe dinero para seguir el camino hacia Libia y llegar a Italia, donde tiene conocidos. Es consciente de los peligros que deberá afrontar en Libia pero para Mamadi no existe otra opción que continuar.

 

Un migrante de Liberia descansa en una de las casas de acogida de la estación de Bamako. Este albergue ofrece gratuitamente un techo, un colchón y un poco de comida a unos 15 migrantes. Los otros viajeros que no encuentran un sitio donde dormir, deben pasar la noche en la estación, donde pueden sufrir robos y abusos.

 

Joy, nigeriana de 25 años, llevaba cuatro semanas en un albergue cerca de la estación de autobuses de Sonef, en Bamako. Después de cinco días de viaje en autobús desde Benín y de ser extorsionada varias veces por la policía en los controles de carretera, decidió abandonar su intento e irse a vivir con su hermana en Abidjan, Costa de Marfil.

Moro, de 37 años y de Gambia, se quedó en la estación de Sogoniko para trabajar como agente de los viajes que van de Malí y Níger hacia el Mar Mediterráneo. Los migrantes que realizan el viaje por primera vez llegan desorientados y sin conocer los trucos del camino. Los organizadores como Moro los distribuyen entre los autobuses frente al caos que hay en la estación.

 

Cerca de 30.000 personas pasaron por Malí en su camino hacia Europa en el año 2017, según datos de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM). A partir de este punto, algunos migrantes siguen hacia Níger y Libia y otros toman la ruta por Argelia. Teniendo en cuenta que en 2017 llegaron más de 119.000 migrantes por mar a Italia, se estima que las cifras sean mayores.

Desde Bamako, la capital de Malí, a los migrantes todavía les quedan más de 5.500 km de viaje hasta los principales puntos de cruce del Mar Mediterráneo. Son 5.500 kilómetros que realizan en autobús hasta Agadez, en todoterreno por la travesía en el desierto de Níger y Libia y en pequeñas embarcaciones para cruzar el mar.

Fuente: http://www.lavanguardia.com