Las Bulas Alejandrinas en la raíz de un continente

Por Alicia Álamo Bartolomé / 11 de junio de 2017

Como Dios escribe derecho con renglones torcidos, de un papa muy desprestigiado en la historia, como Alejandro VI (1431-1503), salieron unas interesantes disposiciones para la América recién descubierta, apenas naciente en el panorama mundial: las famosas Bulas Alejandrinas

Las Bulas Alejandrinas en la raíz de un continente
Ilustración de Cristofano dell'Altissimo Papa Alejandro VI

Antecedentes oscuros

¿Por qué el desprestigio de Alejandro VI? Era un Borgia español, por lo tanto, su apellido natal era Borja. Con este apellido se nos abre en la mente la idea de corrupción, desenfreno, crímenes y toda clase de desmanes en una época muy oscura del papado durante el Renacimiento. Alejandro VI nace como Rodrigo Borja, en Játiva, Valencia. Fue cardenal de Valencia y desde 1472 tenía una relación muy estrecha con Isabel y Fernando –los luego llamados Reyes Católicos– porque, como delegado papal en la Península Ibérica, por un lado, facilitó la bula de dispensa para que pudieran contraer matrimonio siendo primos segundos; y por otro, influyó en el reconocimiento como herederos del trono castellano.

Fernando, agradecido, le dejó acaparar cargos eclesiásticos en su reino y le otorgó cargos a sus hijos, entre estos, dos que tuvieron repercusión histórica: el ducado de Gandía para uno, título que heredará su bisnieto Francisco, que será el IV Duque de Gandía, luego el III Padre General de la Compañía de Jesús, segundo sucesor de Ignacio de Loyola y, también, santo de la Iglesia, como este. A otro hijo, César, Fernando le otorgará el arzobispado de Valencia. Es el tristemente célebre César Borgia. Por si fuera poco, también es hija del futuro Alejandro VI, Lucrecia Borgia. Las relaciones entre el padre y estos dos hijos, uno de los casos más sórdidos que se pueden conocer en la historia.

Para beneplácito de Isabel y Fernando, Rodrigo Borgia fue elegido Papa el 11 de agosto de 1492, justo cuando Cristóbal Colón, que había salido de Puerto de Palos el 3 de agosto, iniciaba su gran aventura que culminó con el descubrimiento de América. Esta coincidencia fue como el presagio del enlace que la reina Isabel la Católica iba a establecer entre el nuevo Pontífice y la odisea americana.

Historia previa

Antes del descubrimiento de América, Portugal ya era un reino de navegantes que habían ido costeando el continente africano y llegado hasta Asia. Por otra parte, existía más o menos desde el siglo XI la teoría de raigambre medioeval, que hoy nos parece extraña, de la supremacía papal sobre las islas, es decir, que el representante de San Pedro era el único que podía otorgar, eso sí, a un príncipe cristiano, la posesión sobre tierras de infieles. Portugal tenía ese privilegio sobre las tierras hasta donde había llegado. Lógicamente, aunque el reino de Portugal no había ayudado a Cristóbal Colón, a pesar de que le solicitó ayuda y, en cambio, sí la obtuvo de España, cuando él descubre las Indias Occidentales, el rey de Portugal pretende hacer valer sus derechos. Ni cortos ni perezosos, Isabel y Fernando acudieron a Alejandro VI, quien no era solo español, sino también un amigo personal. Los reyes querían garantizar los derechos de España sobre las tierras descubiertas. Así, buscaron fundamentar jurídicamente la incorporación de Las Indias a la Corona de Castilla y no solo el derecho a ocupar estas, sino también las tierras que faltaren por descubrir.

Las Bulas Alejandrinas

A esta petición de los reyes de Castilla, Alejandro VI respondió con una serie de documentos de carácter arbitral que otorgaron a Castilla el derecho a conquistar la tierra nueva y la obligación de evangelizarla. Estos, que algunos contabilizan como cuatro, mientras otros hablan de cinco, son las llamada Bulas Alejandrinas. Quienes contabilizan cinco bulas señalan las siguientes:

I – Inter Coetera, llamada de Donación, está fechada el 3 de mayo de 1493. Por medio de ella, el Papa concede a los Reyes de Castilla las tierras descubiertas y por descubrir, hacia la India, que no pertenecieren a algún príncipe cristiano.

II – Inter Coetera, datada el 4 de mayo de 1493, es conocida como Bula de Partición. Se le llama así porque divide el océano en dos partes, mediante una línea de polo a polo trazada a 100 leguas al oeste de las islas Azores y Cabo Verde; las tierras al occidente de esa frontera serán para Castilla y las del oriente portuguesas.

III – Piis Fidelium, expedida el 25 de junio de 1493, es considerada bula menor y está dirigida a fray Bernardo Boyl, y por ella se le dan facilidades para ejercer su labor misionera.

IV – Eximiae Devotionis, datada el 3 de mayo y también bula menor, otorga a los reyes católicos en sus territorios los mismos privilegios que a los reyes de Portugal en los suyos.

V – Dudum Siquidembula menor, del 26 de septiembre de 1493, es conocida como Ampliación de la Donación, porque amplía la concesión de la primera, Inter Coetera, y señala que serán para los castellanos las tierras que hubiera hacia la India.

Si hay documentos que hablan de cuatro bulas, es porque excluyen la III, Pies Fidelium, quizás por considerarla un documento más bien personal.

En su libro Las Bulas Alejandrinas de 1493 y la teoría política del Papado medieval. Estudio de la supremacía papal sobre las islas, 1091-1493, Luis Weckmann señala que las Bulas Alejandrinas de Partición “constituyen uno de los eslabones fundamentales entre la Edad Media y la historia de nuestro continente. De hecho, es posible referirse a las bulas como al primer documento constitucional del Derecho Público Americano, y su importancia crece aún si se recuerda que tales documentos constituyeron una de las bases fundamentales, si no la base fundamental, sobre la cual España y Portugal elaboraron pretensiones exclusivas de soberanía sobre América… Las Bulas Alejandrinas no fueron destinadas a lo que hoy llamamos América… –aún no se sabía que se trataba de un nuevo continente–. Las Bulas Alejandrinas son desentrañables y comprensibles únicamente si se les considera por lo que son, documentos medievales. Cualquier consideración sobre su significado, al examinárseles aisladamente, pierde de vista el elemento tradicional que es el meollo de todo documento Papal relativo a asuntos temporales”.

Fácilmente podemos ver que las bulas más importantes son, la primera, que es una Bula de Donación, y la segunda, que es una Bula de Partición; añádase a esta la quinta, que es una Bula de Ampliación de la Donación. Con la segunda bula, Alejandro VI dividió el mundo en dos mitades. Es interesante anotar que con la primera los reyes católicos no quedaron muy contentos, porque había cierta imprecisión sobre los límites de la concesión para España. De allí vino que el Pontífice corriera un poco más hacia el oeste el meridiano que dividía el mundo, con el resultado de que entonces tocó a Portugal, lo podríamos llamar un buen bocado de la América el Sur, que es justamente Brasil. Este “detalle” tiene consecuencias no solo políticas e idiomáticas, sino también en la evangelización –que fue bastante tibia– y el trato más desalmado a los esclavos de origen africano que el dado en las provincias hispanas.

Juicio sobre los hechos

Las bulas nacen de un interés imperialista y económico. Isabel y Fernando querían tomar posesión del Nuevo Mundo como extensión de su reino en ultramar y para explotar las potenciales riquezas del mismo. Europa, después de la peste y guerras interminables, estaba diezmada, empobrecida y hambrienta. España no escapaba a este descalabro, de manera que no podemos criticar del todo esta ambición de los reyes católicos. Viéndolo bien, parece legítima. Como también que en los otros países europeos, en las mismas condiciones, se despertaran ambiciones semejantes, claro, con la desventaja de que España picó adelante e hizo valer su derecho de mecenas y pionera del descubrimiento.

Otro aspecto es que los reyes de España, para lograr esas bulas, se valieron del tráfico de influencias por relaciones personales y favores mutuos entre ellos y el papa compatriota y amigo. Como también de juegos políticos. En un principio, la preocupación espiritual no aparecía y, sin embargo –hay que resaltarlo– el plan de Dios, a pesar de todo, se realizó, porque su representante legítimo Alejandro VI, con todo lo indigno que era en lo personal, como Sumo Pontífice tenía la inspiración del Espíritu Santo.

Al conceder las bulas impuso la obligatoriedad de la evangelización. Por eso, se ratificó aquello de que Dios escribe derecho con renglones torcidos.

Finalmente, la rivalidad entre los monarcas españoles y portugueses, quedó dirimida –al menos por un tiempo– por el Tratado de Tordesillas firmado por ambas partes el 7 de junio de 1494.

Resonancia histórica

Otros países europeos, como por ejemplo Inglaterra y Francia, nunca aceptaron ni acataron estas bulas que los dejaban fuera de ese arbitrario reparto del mundo. Sin embargo, para la América iberoamericana, su conformación y su historia, las Bulas Alejandrinas dejaron su huella y ayudaron a definir nuestra idiosincrasia.

Como las bulas concedieron a los reyes católicos, Isabel y Fernando, derecho a conquistar y la obligación de evangelizar las tierras recién descubiertas, allí donde el conquistador clavó el pendón español para tomar posesión del lugar, también clavó la cruz. Esto tiene consecuencias positivas hasta hoy para la unión de las diversas naciones del continente: nacieron con unidad la lengua y unidad religiosa. Un continente homogéneo y compacto frente al mosaico de variedades del continente europeo. En referencia solo al Occidente, porque el Oriente es un rompecabezas de diferencias. Ni hablar de África y Oceanía.

La evangelización

Los conquistadores españoles cometieron muchos abusos, hasta la saciedad se ha hablado de ello y no se puede negar que, en bastante medida, los primeros en llegar fueron forajidos y aventureros sin escrúpulos, indeseables en su país, cuya motivación para arriesgarse a venir en viaje de tan incierto destino hacia lo desconocido, era la codicia y la ambición, amén de que no tenían nada que perder porque en su patria todo lo tenían perdido. Sin embargo, ha podido ser mucho más negativa y trágica la colonización española, como fue en Asia y África la de ingleses, franceses, belgas y portugueses, porque estos nunca se identificaron ni mezclaron con las poblaciones indígenas. Un escritor francés dijo y con razón, cuando Francia perdió sus colonias en Asia en el siglo XX y los franceses nacidos allí tuvieron que salir como extranjeros malqueridos –igual les pasó en las colonias de África– que el error de Francia era haber hecho de esas colonias su concubina pero jamás su esposa legítima. En cambio, España de América sí hizo la suya, como también de Filipinas, así, le dejó a estas naciones un perfil propio, una manera de ser y padecer. Cuando se independizaron, sus hijos, aún los nacidos en la península ibérica, no tuvieron que huir. No fueron víctimas del odio.

¿Cuál fue la diferencia? No dudo en afirmar que fue la evangelización. Desde el principio los misioneros se hicieron presentes. Su labor frenó el desenfreno de los conquistadores. Sin ellos, nuestra historia hubiera sido mucho más dolorosa y sangrienta. Los misioneros quizás cometieron torpezas cónsonas con la rudeza, un tanto atrasada, dentro del contexto histórico de ese momento en su país natal, pero su labor marcó estas tierras hasta en lo geográfico. Venezuela, por ejemplo, pudo probar sus fronteras hasta donde habían llegado las misiones. Y el pueblo venezolano –algo digno de destacar– si bien exclama palabras groseras, jamás maldice ni blasfema, más bien bendice tanto ante lo bueno como ante lo malo: ¡Bendito sea Dios! ¡Por Dios…! ¡Virgen Santísima! Es otra huella importante de una evangelización que buscó la superación de un pueblo primitivo –por eso más inocente y maleable que quienes los invadían– no solo en lo espiritual, sino también en el lenguaje, para que no se contagiara del poco ejemplar de sus conquistadores.

El continente de la esperanza

No escapó al agudo entendimiento del futuro san Juan Pablo II, cuando hizo presencia en  Iberoamérica, que en ella había algo distinto al cansado cristianismo europeo. Pocos años antes, en un congreso de medios visuales y evangelización, en Munich, un joven monseñor italiano, que había llevado un mensaje de Pablo VI a dicho congreso, les decía a una monja y una seglar venezolanas, participantes en este, más o menos lo mismo y, con una cierta envidia, como lo manifestó, las felicitaba por pertenecer a un continente con una fe católica activa. Algo muy cierto, si bien a veces se manifiesta en una religiosidad popular con tintes de superstición, superados estos por una piedad sincera, espontánea y un sano sincretismo propiciado por los misioneros.

Como Sumo Pontífice, Juan Pablo II pisó por primera vez el mundo iberoamericano en México, apenas iniciando su pontificado y volvió varias veces. Desde ese primer momento quedó maravillado y conquistado. En el país azteca –quizás como en ningún otro en América– encontró un catolicismo vivo, ardiente, dinámico, no en vano esa nación había sufrido en el siglo XX la feroz persecución religiosa que provocó la revolución mexicana. La sangre de sus numerosos mártires fertilizó la tierra y la fe retoñó más fuerte y espléndida, amparada bajo el manto de su patrona Nuestra Señora de Guadalupe.

Pero no solo en México encontró Juan Pablo una aurora de esperanza para la fe. Recorrió todo el continente en emotivas visitas y los pueblos iberoamericanos respaldaron con su presencia multitudinaria y cálida acogida los numerosos actos donde el futuro santo fue a encontrarse con ellos. Él se entregó íntegro y entusiasta a su misión evangelizadora y América le respondió. Fortalecido en su propia fe, vislumbró un porvenir: los católicos iberoamericanos, hijos y herederos de los evangelizadores europeos de siglos atrás, yendo de regreso a la debilitada madre Europa para re-evangelizarla y sacarla a flote. Entonces acuñó un nuevo nombre para esta parte del mundo: El continente de la esperanza.

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Sobre la autora

Alicia Álamo Bartolomé (1926) es periodista, arquitecta, dramaturga y docente con extensa trayectoria en la Universidad Simón Bolívar y en la Universidad Monteávila. Uno de sus textos teatrales, Juana de la noche, fue reconocido con el Premio AVEPROTE 1989.

Fuente: Diario El Nacional