McCloy, el ‘virrey’ americano que liberó a los empresarios de Hitler

Autor Julio Martín Alarcón / 25.02.2018

El 'capo del Establishment de EEUU' como lo definió John Kenneth Galbraith fue el hombre que enterró en 1951 los procesos de Nuremberg contra los criminales nazis.

McCloy, el ‘virrey’ americano que liberó a los empresarios de Hitler
El subsecretario de Guerra de los Estados Unidos, John McCloy, llega al aeropuerto de Berlín-Gatow, Alemania, el 15 de julio de 1945. A la derecha le reciben el general Floyd Parks y el general de división Edmund Hill

El industrial de Adolf Hitler, Fritz Thyssen, hermano del abuelo del barón Thyssen-Bornemisza, acabó en 1942 en el campo de concentración de Sachsenhausen a unos 20 kilómetros de Berlín, en el tranquilo pueblecito de Oranienburg y después en Dachau. Artífice entre otros del ascenso de Hitler y miembro del partido nazi desde 1933, fue perseguido tras romper con el Tercer Reich después de la Noche de los Cristales Rotos, tal y como relata en ‘Yo pagué a Hitler’ (Renacimiento) sus memorias recientemente traducidas al castellano. El millonario alemán sufrió algunas de las penalidades del estado criminal que había ayudado a crear aunque recibiera un trato incomparablemente mejor que el del resto de prisioneros. Thyssen fue liberado en 1945, pero perdió su conglomerado de empresas que fue liquidado por los aliados. Con los años se devolverían algunos de los activos en una nueva empresa que varias décadas después acabaría fusionándose con el otro apellido capital de la carrera industrial nazi: Krupp.

Daniel Arjona

De hecho, si Thyssen no se hubiera arrepentido de sus crímenes, habría salido de la cárcel en apenas seis años como lo hicieron los otros industriales de Hitler: Alfried Krupp, junto a ocho de sus directivos, el industrial Friedrich Flick, además de Fritz Ter Mer, Hermann Schmitz y otros miembros de la dirección de IG Farben, la empresa que fabricó y suministró el gas Zyklon B para los campos de Extermino como Auschwitz. Todos ellos acusados por crímenes de guerra y contra la humanidad en los juicios de Núremberg de los Tribunales Militares de Estados Unidos, y condenados por utilizar a los judíos como mano de obra esclava, salieron a la calle entre 1950 y 1951, sin ni siquiera haber cumplido sus condenas.

'Yo pagué a Hitler'. (Renacimiento)
‘Yo pagué a Hitler’. (Renacimiento)

El responsable último de la clemencia fue un abogado norteamericano, John J. McCloy, convertido en el auténtico virrey de Alemania Occidental en la posguerra. Cuando accedió al cargo de Alto Comisario de los EE.UU en Alemania Occidental en 1949, McCloy requirió en un memorándum a superiores en Washington si tenía potestad para “revisar las condenas de las sentencias firmes de los Tribunales Militares de Núremberg”, que se aplicaban a casi un centenar de los criminales nazis juzgados por EEUU y encarcelados en Lansdberg. La respuesta fue casi inmediata: “Tenía el poder de hacer cualquier cosa que desease” –Kai Bird, ‘The Chairman. John McCloy and The Making of the American Establishment’. Tardó menos de un año y medio en remover de arriba a abajo las sentencias de los juicios paralelos de Núremberg, reduciendo las condenas de 70 convictos y conmutando 5 de las diez penas de muerte pendientes.

El capo del Establishment de EE.UU

McCloy, el ‘capo del Establishment de EE.UU’ como lo definió el consejero de JFK, John Kenneth Galbraith, apenas un pie de nota en los libros de Historia, sirvió ininterrumpidamente a nueve presidentes de EE.UU, de Franklin Roosevelt a Ronald Reagan dirigió el Banco Mundial y el Chase Manhattan Bank, se sentó en los consejos de administración de todas las grandes petroleras del país, fue miembro de la comisión Warren y presidió las fundaciones Ford y Rockefeller. Pero por encima de todo, fue el hombre que enterró en 1951 los procesos de Núremberg contra algunos de los principales criminales nazis.

Para liberar a los criminales nazis, McCloy contó con la inestimable presión del canciller Konrad Adenauer

Para ello, contó con la inestimable presión del canciller Konrad Adenauer, -que pidió a McCloy la anulación de todas las sentencias de muerte– y los auspicios de Hermann J. Abs, el perfecto ejemplo de astuto y hábil arribista de las élites, tanto en tiempos de los nazis como en la posguerra, el hombre que David Rockefeller definiría en la revista Time en 1960 como el mayor banquero del mundo. Abs, “un egoísta y ruin vanidoso lleno de ambición, la clase de tipo del que no conviene fiarse especialmente”, según explicaba su ficha secreta de la CIA elaborada en 1961 -National Archives. CIA- había sido el director exterior del Deustsche Bank, el mayor banco de Alemania antes y durante la guerra y el responsable de su refundación en los años 50, donde retomó prácticamente sus funciones durante el Tercer Reich volviendo a unificar el banco que los aliados habían disgregado en 30 pequeñas entidades para evitar la concentración que tenía antes de la caída del Tercer Reich.

Hermann J. Abs
Hermann J. Abs

El astuto e inteligente financiero de Hitler, era un “enérgico hombre de negocios cuyas buenas relaciones con importantes funcionarios, como el ministro de finanzas del Tercer Reich, Hjamal Sacht o Walter Funk, le sirvió para obtener ventajas para el Deutsche Bank, que en la práctica actuaban como una rama de la Wehrmacht”, según lo describió en un informe especial el predecesor de McCloy en el virreinato de Alemania, el General Lucius Clay –National Archives-. A pesar de ello, el propio Clay eligió al banquero nada menos que para organizar el Instituto de Crédito para la Reconstrucción, es decir el organismo que se repartió los fondos del Plan Marshall.

Carlos Prieto. Barcelona

Para cuando McCloy llegó al cargo, Abs ya era el consejero financiero en la sombra de la Konrad Adenauer, y pronto uno de los artífices del milagro económico alemán junto al ministro de Economía Ludwig Erhard. Fue apresado en 1945, retenido por los aliados durante tres años, después se le prohibió además participar de nuevo en las finanzas del país. Sin embargo, se libró de Núremberg por una cuestión de tiempo y por haber sido lo suficientemente cauto e inteligente para no afiliarse al partido nazi. Desde su posición, sin embargo, además de ser el ejecutor de la “arianización”, es decir la expropiación de todas las cuentas y empresas de los países ocupados y de las participaciones de los judíos en sociedades y su riquezas, formó parte del consejo de administración de 30 empresas al servicio de los nazis, entre ellas IG Farben, contraviniendo las propias leyes nazis, que soló permitían participar en 20 corporaciones.

3.6 millones de criminales

La realidad es que en el caos que surgió en la inmediata posguerra para la reconstrucción de Alemania, los americanos se dieron de bruces con una realidad abrumadora. Las autoridades de EEUU habían identificado en su zona a unos 3,6 millones de alemanes directamente imputables por crímenes de guerra o políticos aproximadamente un 20% de todo su sector. La descomunal cifra se redujo a 930.000 por razones prácticas de los cuales fueron procesados por los tribunales un total de 169.282. 50.000 fueron condenados y de las 806 penas de muerte se llevaron a cabo 486 –Kai Bird, ‘The Chairman’.

Juicios de Núremberg en 1945-46
Juicios de Núremberg en 1945-46

Se dio la paradoja de que cientos de alemanes entre ellos funcionarios de bajo nivel como profesores de escuela fueron depurados y multados por haber sido presionados para unirse al partido nazi, mientras que industriales y prominentes financieros que dieron millones de marcos al Tercer Reich, pero que nunca se unieron al partido salieron indemnes. Fue el caso de Hermann J. Abs que en 1948, después de haber sido sospechoso por sus evidentes lazos con la élite nazi fue exonerado por un tribunal de desnazificación de Hamburgo en la zona británica: el mayor banquero del Tercer Reich, estaba de nuevo en la partida. Por el contrario, un tribunal similar ordenó a Fritz Thyssen a pagar una multa por el total del 15% de sus activos, unos 500.000 marcos.

Así, en junio de 1950, en una sala de la prisión de Landsberg, Alemania, ocho presos con su uniforme de rayas rojas se reunieron alrededor de una mesa para planificar el incremento de producción de la cuenca del Rhur​. Envueltos entre el humo de los puros americanos y bien provistos de los mejores vinos y de manjares traídos del exterior como fruta fresca, lujos inconcebibles entre rejas, trazaron tranquilamente las directrices a seguir, tal y como habían realizado tan sólo cinco años antes a las órdenes de Adolf Hitler. Presididos por Alfried Krupp se trataba, sencillamente, del consejo de dirección en pleno de la corporación Krupp, la misma que había servido al Tercer Reich y colaborado en la consecución de la Solución Final, el motivo por el que estaban confinados en Landsberg. Todos habían sido hallados culpables durante los Juicios de Núremberg y condenados a 12 años de cárcel.

Ocho presos con su uniforme de rayas rojas se reunieron alrededor de una mesa para planificar el incremento de producción del Rhur

La insólita reunión que relata William Manchester -‘The Arms of Krupp’- no era precisamente clandestina, la había propiciado John McCloy, el Alto Comisario para Alemania de EEUU, quien había dado órdenes al alcaide para que los antiguos industriales de Hitler se reunieran con toda comodidad. Para entonces todos sabían, tal y como les habían adelantado sus abogados, que en navidades estarían en casa con sus familias. Solo habían transcurrido cinco años desde la derrota del Tercer Reich.

Cuando el periodista Walter Manchester inquirió a McCloy sobre la magnanimidad de EEUU con los criminales nazis este les respondió que eran “Historia Antigua”. Cinco años después del final de la guerra, el Tercer Reich era a ojos del americano una versión del concepto de la ‘Decadencia y Caída del Imperio Romano’.

Historia retorcida

La historiografía tiende a ubicar la progresiva normalización de Alemania Occidental en el marco de la Realpolitik y el pragmatismo de EE.UU ante el nuevo escenario mundial, que estalló definitivamente cuando los norcoreanos, ayudados por la URSS, traspasaron el paralelo 39 que dividía las dos Coreas, iniciando el conflicto definitivo de la Guerra Fría. Sin embargo, la historia es algo más retorcida que la simple voluntad de contar con una aliado en Europa ante los comunistas. El propio McCloy aseguró a Manchester que la invasión de Corea no había tenido ningún peso en su decisión, sino que ésta fue por su propia consideración moral de la severidad de la sentencia. Para el nazi Fritz Ter Meer, directivo de la IG Farben que proporcionó el gas Zyklon B utilizado en los campos exterminio, tenía otra explicación: “Ahora que los americanos tienen lo de Corea son mucho más amigables”. John McCloy puso en la calle a Ter Meer en agosto de 1950, antes de que cumpliera la condena impuesta en Nuremberg por su implicación en la Solución Final.

John J. McCloy en la portada de Time
John J. McCloy en la portada de Time

Pero el pragmatismo no inició el olvido ni la magnanimidad americana, sólo aceleró el proceso. McCloy, había decidido ya un año antes, en 1949, revisar las sentencias de los históricos juicios de Nuremberg, y con ellas prácticamente la puesta en libertad de casi un centenar de antiguos nazis que cumplían condena en la prisión del sector americano: Landsberg. Con la aquiescencia del presidente Harry Truman, McCloy diseñó su propio plan para “democratizar” Alemania y ganar un aliado.

McCloy abordó la revisión de las condenas por la vía rápida. En vez de abrir una nueva causa por acusado que evaluara nuevas evidencias, testimonios y pruebas que no se hubieran tenido en cuenta en los laboriosos y complejos juicios de los vencedores aliados en Núremberg, se limitó a crear un panel de expertos que sencillamente revisarían si las sentencias fueron excesivas o demasiado severas.

McCloy había decidido ya un año antes, en 1949, revisar las sentencias y poner en libertad a casi un centenar de antiguos nazis

Se inventó lo que denominó el ‘Comité de Clemencia sobre los Criminales de Guerra Nazis’, que puso bajo las órdenes del juez David W. Peck. En tan sólo seis meses, se limitaron a evaluar caso por caso la magnitud de las decisiones adoptadas por los tribunales de Núremberg. No sólo las concernientes a los empresarios. Revisaron además las condenas a militares, miembros de las SS, médicos de los campos de exterminio, e incluso de los Einsatzgruppen encargados de las matanzas de judíos en el frente Este, entre ellos el jefe de la matanza de Babi Yar.

Revisiones exprés

En agosto, un mes después de la invasión de Corea, tenía el resultado de su panel de expertos en la mesa. Las revisiones fueron exprés, hasta el punto de que en algunos casos no se revisaron ni siquiera las notas de los juicios que se encontraban en el mismo sótano en el que el panel del juez Peck llevó a cabo su trabajo –Kevin John Heeler, ‘The Nuremeberg Military Tribunal and the origin of International Criminal Law’.

Por si no quedaba claro que se trataba de un proceso dictado puramente por cuestiones políticas y no jurídicas, el propio McCloy aplicó sus propias consideraciones personales para dictar la resolución definitiva. Se demoró hasta enero del año siguiente, en 1951. Para entonces, ya no sólo pesó su idea inicial de asentar la “democracia” en Alemania y eliminar cualquier impresión de revanchismo entre la población alemana. Tuvo en cuenta la amenaza comunista y su deseo de afianzar a Konrad Adenauer en la cancillería ante el avance en las encuestas de los socialistas del SPD. Como explica Kai Bird, la irregularidad de todo el proceso llegó al paroxismo de que en su decisión final Mcloy dedicó más tiempo a explicar por qué mantenía cinco de las diez condenas de muerte que a la de la reducción de condenas de los otros 80 casos.

El empresario Krupp no abandonó la cárcel en Navidades, pero si un mes después. A la salida de Landsberg fue aclamado casi como un héroe nacional. Con los años no sólo obtuvo la libertad, sino que le fueron reintegradas todas sus propiedades. Adenauer había conseguido una demanda esencial de la élites financieras del país con Hans Abs como uno de los promotores principales debido a su larga amistad con Krupp- National Archives-. El propio Alfried Krupp relató a Washington Irving en su obra ‘El Caballero de los Domingos’ que no tenía ninguna intención de volver a fabricar armas. En una revisión de la edición diez años después de ser escrita, el propio Irving relataba que, pese a sus aseveraciones, Krupp había vuelto al negocio.

Fuente: